Tailandia, la tierra de los templos milenarios y las selvas sagradas

Publicado el 4 de diciembre de 2025

Viajar a Tailandia es mucho más que moverse por un país exótico: es abrir una puerta a la espiritualidad, a los sentidos y a una forma de vida donde la belleza está en los pequeños gestos. Aquí, el aroma del incienso se mezcla con el de los fideos recién salteados, los templos dorados conviven con el bullicio de los mercados, y los elefantes no son sólo un símbolo, sino guardianes de una historia profunda. En esta nueva entrega de Viajeros con B, recorremos Tailandia desde sus raíces imperiales hasta sus paisajes selváticos, en una experiencia que va directa al corazón. 

1.- Bangkok y los canales del alma 

El primer contacto con Bangkok puede parecer abrumador: el tráfico, los rascacielos, los neones. Pero pronto descubrimos que bajo esa capa vibrante se esconde un alma tranquila y espiritual. En nuestra primera excursión, dejamos atrás el asfalto para navegar por el canal Mahasawat en una lancha de cola larga, atravesando arrozales, casas sobre pilotes y plantaciones de loto que se abren como ofrendas silenciosas al cielo. 

Seguimos hacia Bang Pa-In, el palacio de verano de los reyes siameses, donde los jardines simétricos y los pabellones de estilo europeo conviven en armonía con la estética tailandesa. El día termina en Ayutthaya, antigua capital imperial, donde el tiempo se detuvo entre ruinas y raíces. Dormimos rodeadas de historia, sintiendo ya cómo Tailandia comienza a calarnos la piel. 

2.- Entre ruinas, monos y reinos perdidos 

Despertamos entre estupas y pagodas, listas para explorar los templos más emblemáticos de Ayutthaya, como Wat Chaiwathanaram y Wat Phra Sri Sanphet, reliquias de un reino que llegó a dominar gran parte del sudeste asiático. 

De camino a Lopburi, una parada obligada nos sumerge en una escena insólita: el Templo de los Monos, donde decenas de macacos campan a sus anchas entre ruinas del siglo XIII, del antiguo imperio Khmer. Es un lugar que provoca sonrisas, pero también una reflexión sobre la convivencia entre lo sagrado y lo salvaje. 

Terminamos el día en Phitsanuloke, una ciudad menos transitada por el turismo, pero con una gran riqueza espiritual. Aquí, el templo Wat Phra Sri Ratana Maha That guarda una de las imágenes de Buda más veneradas del país. Cada gesto de los fieles, cada flor ofrecida, nos habla del respeto profundo que impregna esta tierra. 

3.- En bicicleta hacia la esencia del norte 

El viaje continúa hacia uno de los tesoros mejor conservados de Tailandia: el Parque Histórico de Sukhothai, cuna del primer reino tailandés. Recorrerlo en bicicleta es casi un ritual. Pedaleamos entre lagos, árboles centenarios y figuras de Buda que emergen entre la bruma matinal. El Wat Sri Chum, con su imponente Buda Blanco, nos invita al recogimiento. Su mano dorada, tocada por generaciones de fieles, brilla como promesa de paz. 

Almorzamos junto al lago Phayao, en el norte del país, antes de llegar a Chiang Rai, donde nos espera uno de los templos más sorprendentes del mundo: el Wat Rong Khun, o “Templo Blanco”. Una obra de arte viva, donde cada escultura y espejo tiene un mensaje oculto. También visitamos el Templo Azul, con sus figuras de Buda luminosas, como salidas de un sueño. 

Y cuando una cree que ya lo ha visto todo, el paisaje se abre hacia el Triángulo de Oro, donde el río Mekong traza la frontera entre Tailandia, Laos y Birmania. Un lugar cargado de historia y leyendas, donde el silencio del río parece contener siglos de secretos. 

4.- Cantos de monjes y abrazos de elefante 

El norte de Tailandia es otro mundo. En Chiang Mai, ciudad de montañas y espiritualidad, subimos hasta el templo sagrado de Wat Doi Suthep, enclavado en lo alto de una colina. Desde allí, la vista de la ciudad es tan sobrecogedora como los cantos de los monjes que llenan el aire al atardecer. 

Pero el momento más emotivo del viaje llega al día siguiente, cuando visitamos un santuario de elefantes que trabaja en su conservación con ética y respeto. Alimentarlos, mirarlos a los ojos y acariciar su piel rugosa es algo difícil de olvidar. Aquí no hay espectáculos ni cadenas, solo cuidado y gratitud. 

Terminamos el día en una plantación de orquídeas, donde la belleza natural se mezcla con la fragilidad de las mariposas que revolotean libres entre las flores. Todo parece suspendido en una calma perfecta. 

5.- Regreso a Bangkok y despedida 

Antes de regresar, aún nos queda una última mirada a Bangkok. Quien lo desee, puede hacer una visita a los templos más emblemáticos: el Wat Trimitr, que alberga el mayor Buda de oro macizo del mundo; el Wat Pho, con su Buda Reclinado de 46 metros; y el Templo de Mármol, una joya neoclásica que cierra con elegancia este viaje espiritual. 

Toda esta ruta por Tailandia es mucho más que una sucesión de templos y ciudades: es un viaje hacia lo esencial, hacia la serenidad que muchas veces olvidamos. Desde los canales de Bangkok hasta las colinas de Chiang Mai, pasando por ruinas imperiales, selvas y santuarios, este país nos recuerda que la belleza también está en la armonía, en la quietud y en el respeto por todo lo que nos rodea. 

B travel, viájate la vida 

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